Cuando alguien nos cuenta algo difícil, algo que le pesa, algo que lo desvela, casi sin querer entramos en modo solución. Ofrecemos perspectiva, consejo, experiencia propia. Lo hacemos desde un lugar genuino, queremos ayudar, aliviar, acompañar. Pero a veces, sin darnos cuenta, dejamos de escuchar para empezar a responder.
La escucha empática es otra cosa. Es estar presente sin agenda. Es sostener el espacio para que el otro pueda decir lo que necesita decir, sin que eso active en nosotros la necesidad de arreglarlo.
Lo más fácil es acompañar cuando la situación nos resulta comprensible, cuando empatizamos con el dolor o con las circunstancias. Ahí fluye sólo. Pero la escucha se complica, y se vuelve más interesante, cuando no estamos de acuerdo con lo que escuchamos. Cuando pensamos que la otra persona reaccionó mal, que tomó la decisión equivocada, que nosotros lo hubiéramos hecho diferente.
En ese momento aparece algo muy humano: el impulso de corregir. De señalar. De enseñar, aunque sea suavemente.
- Y ahí es exactamente donde vale la pena hacer una pausa.
Porque esa persona no llegó buscando un veredicto. Llegó buscando ser escuchada. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas.
Escuchar empáticamente no significa estar de acuerdo. No significa validar todo lo que el otro hace o siente. Significa reconocer que en ese momento, lo que esa persona necesita no es nuestra opinión, sino nuestra presencia.
Esto no siempre es sencillo. A veces incomoda quedarse callada cuando todo en nosotros quiere hablar. A veces la incomodidad nos delata más sobre nosotros mismos que sobre la persona que tenemos enfrente.
Yo no tengo la fórmula. Tampoco creo que exista una. Pero sí creo que vale la pena hacerse la pregunta, de vez en cuando: ¿estoy escuchando, o estoy esperando mi turno para hablar?

